El cuento de nunca acabar

Por Marta Maqueda Montón – Equipo de Trabajo del Observatorio de Violencia

Érase una vez, en Estados Unidos, un hombre, universitario, con beca deportiva y “buenas referencias” y una mujer joven, trabajadora, con “ganas de pasarlo bien”, en una misma fiesta. Podríamos intuir que la historia sigue con el famoso: “chico conoce a chica” y termina con un: “y fueron felices y comieron perdices”. Pero esta vez no se trata de una historia lejana, en un país lejano, con unos protagonistas lejanos.

Se trata de una historia, de entre miles de historias, que ocurren día a día en todos y cada uno de los países en los que convivimos hombres y mujeres y que lamentablemente, como tantas otras, no tiene un final feliz. Tampoco ha ocurrido en un peligroso descampado, con un “pervertido psicópata” y una “insensata” chica como protagonistas, al estilo del cuento del hombre del saco, del que ya nos advierten desde pequeñitas. En realidad, la historia que traigo acontece precisamente en un campus universitario en “El país de la libertad”. ¿Libertad para quién? y ¿libertad para hacer qué?, me pregunto yo. Libertad de un hombre de asaltar y violar a una mujer por el simple hecho de que puede hacerlo, respondo yo.

Brock Turner decide asaltar y violar a una chica inconsciente entre unos arbustos durante una fiesta universitaria con la “mala suerte” para él y “buena suerte” para ella, de que otros dos jóvenes que pasaban en bicicleta ven la escena y le consiguen detener mientras intenta escapar. Cualquiera que lea esto se imagina el casi certero final de la historia dada la obviedad de los hechos: el joven es detenido por la policía y juzgado por violación y todo el peso de la ley recae sobre él. Pues no, aquí es donde el final se complica. El peso de la ley puede ser muy relativo cuando la víctima es “una chica en una fiesta” que va a ser “cuestionada hasta que se demuestre lo contrario” y el perpetrador un hombre joven y blanco con una beca deportiva en Standford que va a resultar “inocente aunque se demuestre lo contrario” y que alegará como único delito “haber bebido demasiado”.

Lo acontecido durante el juicio queda reflejado en algunas de las palabras que la propia víctima le dirige a él en su alegato en el mismo:

“Brock trajo al juicio una historia completamente nueva y extraña, prácticamente sonaba como el pobre joven protagonista de una novela, entre besos y bailes, cogidos de la mano, que amorosamente caen al suelo, y lo más importante de la historia, de repente todo era consentido. Un año después del incidente, él si podía recordar perfectamente como yo le dije que sí, le dije que sí a todo. Para futuras referencias, si estás confuso sobre si una mujer da su consentimiento o no, mira si ella puede articular una frase completa. Simplemente un par de palabras de manera coherente. Si ella no puede, entonces no. No la toques, simplemente no. ¿Dónde estaba la confusión? Esto es sentido común, decencia humana. […] Ambos estábamos borrachos, la diferencia es que yo no te quité los pantalones y la ropa interior, abusé de ti y salí corriendo cuando me descubrieron. Esa es la diferencia. […] Dices que estás en proceso de establecer un programa para estudiantes de instituto y jóvenes universitarios para hablar de tu experiencia sobre el alcohol y la promiscuidad en los campus universitarios y todo lo que acarrea. Es cuestión de respetar a las mujeres, no de beber menos.” Fragmento de la carta publicada por la víctima y leída durante el juicio.

El cuento de nunca acabar, la historia de siempre. Durante todo el juicio se quiso culpabilizar a la víctima tachándola de promiscua, borracha, y literalmente se decidió que puesto que ella no se acordaba de nada (debido a su estado de inconsciencia) el acusado “rellenaría” los hechos que estaban incompletos en la narración de la historia. La cuestión ha estado en decidir quién vale más ¿él o ella?, a la palabra de quién se le otorga mayor veracidad ¿a la de él o la de ella?. La respuesta es obvia y es la de siempre. Finalmente el juez Judge Aaron Persky le impone una pena de seis meses de prisión, por los que cumplirá unos ridículos tres, alegando que “la cárcel puede suponer un gran impacto para él y no es un peligro para la sociedad” dejando de lado el impacto que de hecho sí ha supuesto para ella todo lo ocurrido y que efectivamente es un peligro para las mujeres.

El cuento de nunca acabar, ese en el que determinada clase de hombres, machistas, se permiten abusar y violar a una mujer por el simple hecho de que se encuentran en una situación de poder, de que se creen “en su derecho” y de que incluso probablemente no sufran ningún tipo de consecuencia.

Para más información sobre este caso en medios (en inglés) visita:

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